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CAPÍTULO UNO
Condado de Pinellas, Florida

     La lluvia se había convertido en una llovizna que no hizo nada
para levantar la humedad opresiva que era inusual tan temprano en el
año. Maldiciendo entre dientes, el hombre en un Toyota negro se
enjugó el sudor de la frente. "Sin aire acondicionado. Esta noche no,"
dijo en voz alta. No podía correr el riesgo de llamar la atención a su
coche aparcado.
     Cerró los ojos y sin un pensamiento consciente frotaba el eje de la
barra de hierro acunada entre sus piernas. "No, papá," le susurró,
"no, no me hagas esto." Él se estremeció por los recuerdos que
volvían.
     Una pareja pasaba por allí. Él dejó caer la herramienta de metal al
suelo y se jaló su gorra de béisbol hacia abajo sobre sus ojos. Se
quedó inmóvil hasta que pasaron.
     Al otro lado de la calle las luces en el bar de deportes se apagaron.
Cerraron la puerta principal cuando el último cliente salió.
Leyó la nota una vez más, la dobló con un pliegue agudo y se la
guardó en el bolsillo de su camisa.
     El hombre que esperaba vio su presa. "Ha llegado tu hora, Lenny
Chambers."
     Lenny Chambers era un hombre guapo, con un pavoneo de
confianza y se balanceaba como alguien que había bebido demasiado.
Lenny tropezó al lado del coche negro, se apoyó en el guardabarros
trasero y vomitó en la hierba. Él dio unos pasos y se detuvo. Tanteaba
para encender un cigarrillo y luego se tambaleó hacia su camioneta
estacionada bajo el puente en el estacionamiento remoto del Campo
Tropicana.
     El hombre dentro del coche escaneo su alrededor-no vio a nadie
más. Se bajó de su Toyota, barra de hierro en la mano, y alcanzó a su
víctima . . .
     El hombre ebrio no tuvo tiempo de reaccionar cuando la barra de
hierro se estrelló contra sus rodillas, que se escuchó como el sonido
de un bate de aluminio golpeando una pelota de béisbol. Antes de
que Lenny pudiera gritar, el atacante volvió de nuevo.
     Lenny levantó el brazo para protegerse la cara. El arma le rompió
el antebrazo. Otro golpe rajó el otro brazo de Lenny. El golpe final
vino a través de su cabeza. Se quedó desplomado y sangrando–su
boca ágape.
     El asaltante metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó un
trapo de una bolsa de plástico y se lo metió en la boca abierta del
hombre indefenso. Los ojos de Lenny se abultaban cuando se
ahogaba con los vapores de gasolina, desesperados por llevar aire a
sus pulmones.
     El atacante abrió el mechero y se arrodilló para encender el
trapo, asegurándose de estarle mirando los ojos de Lenny. La tela se
estalló en llamas.
     El rostro de Lenny se le iluminó en la noche oscura. Sacudió la
cabeza en un frenesí tratando de desalojar el infierno en su boca, pero
sólo consiguió agitar el trapo adelante y atrás como una señal de
socorro.
     El hombre le dio la espalda a su víctima y sacó una pequeña bolsa
del bolsillo de sus jeans. Arrojó la bolsa junto a la cara carbonizada de
Lenny.
     "Karma, hermano," le dijo, "Karma."

CAPÍTULO DOS
     Tendido en la cama, se quedó mirando el ventilador de techo
escuchando el clic hipnótico del motor. Ahora sabía lo que se sentía
estar contento. La depresión persistente que lo había perseguido
durante tanto tiempo ¡se había ido! Se levantó de la cama y pasó por
encima de la ropa y los zapatos empapados de sangre y lodo que
estaban apilados en el suelo. El pensamiento de anoche lo consoló.
Este sería un buen día.
     Se frotó los antebrazos marcados por años de cortarse y se
estremeció cuando una ráfaga de aire frío golpeó su cuerpo desnudo.
Caminó hasta el escritorio antiguo y abrió su diario. 'Karma' estaba
escrito en la parte superior de la página en tinta azul pavo real.
Con la pluma estilográfica que había sido de su padre, comenzó a
escribir:
               Mamá y Papá, hoy estoy libre de mi Karma tal como
          ella predijo. Pronto voy a cumplir cuarenta y tendré paz
          por el resto de mi vida.
               Gracias por darme la fuerza para librar a la tierra de
          un ser humano más que no servía para nada y darle a su
          familia una oportunidad en la vida. Espero que los tres se
          pudran en el Infierno.
               La firmó: Su Hijo Devoto

     "Me muero de hambre," murmuró y miró el reloj. Había un
montón de tiempo para deshacerse de los zapatos y la ropa
ensangrentada, bañarse, vestirse e ir a la Casa de Panqueques para el
desayuno antes de su reunión a las doce-treinta.
Había terminado de atender el desorden en la casa y entró a la
cochera. Pensó en la barra de hierro en el maletero del coche. Tendría
que limpiarla después.
     Le quitó el polvo gris que le cubría a su otro coche; su coche de
diversión, su Jaguar convertible plateado. Se lo compró cuando ella le
dijo que se merecía hacer algo bueno por sí mismo. El odómetro
decía catorce mil novecientos cincuenta y un millas.
     "Voy a ponerle más ahora," dijo en voz alta. "Me lo merezco. Me
lo he ganado." Él se retiró de la calzada y comenzó a conducir por la
calle. "Buenos días lucero brillante de la mañana," cantó, "La Tierra
dice hola . . . "
                                                  #
     Era un día de primavera perfecto en Clearwater. El sol brillaba y
en el aire había una ligera brisa del Golfo de México. El pronóstico
del tiempo predecía temperaturas en los bajos ochenta.
     Ella abrió las ventanas de su oficina para dejar entrar el aire fresco.
En el espejo cercano, se detuvo para admirar su peinado nuevo. Ella
se alegró de que podría pasar como una pelirroja natural. Ella se
inclinó más cerca. "¡Ay, genial!" Las raíces rubias ya le estaban
saliendo. "Ya tengo que ir para un retoque." Después de erizarse el
pelo una vez más, contestó el incesante golpeteo en su puerta.
     "Esto era demasiado grande para poner en el buzón. No hay
dirección del remitente y debe treinta y siete centavos en gastos de
envío."
     Ella le pagó al cartero, y con el paquete en la mano, se sentó en su
escritorio. Adentro del sobre acolchado había una tarjeta:
               Mi Querida Amiga,
          De todos los psíquicos que he ido a ver, eres la única
          que predijo que mi libro de poemas se publicaría. Por eso
          te envío mi primera copia autografiada.
               Saludos cordiales, Tu clienta recién famosa,
               Nicole Ángelo

     Ella se sonrió con el título, SABER. "Qué trillada." Ella miró
ligeramente las rimas inmaduras por todo el libro y soltó una risita.
"Como si yo quisiera un libro de poesía mala y como si fuera poco
¡para esto tuve que pagar franqueo!"
     Tiró el libro en un cajón y lo cerró en el momento que llegó su
cliente de las doce-treinta.
     Al término de su lectura, le dijo con su acento británico, "Ha sido
muy agradable."
     "¡Espera! ¿No hay más que quieres decirme?" le imploró. "¿Estas
segura que no has dejado de decirme algo?"
     "Yo he cubierto todo lo que se tenía que hablar hoy," contestó la
psíquica. "Estoy segura que he dicho todo lo que era necesario."
"¿No ve nada de lo de anoche? Hice lo que–"
     "¡ALTO!" Le espetó ella. "No hay necesidad de hablar de ese
asunto." Ella se inclinó hacia delante. "Basta con decir que vas por el
camino correcto. Sigue haciendo un buen trabajo." Ella se puso de
pies y sin comentario adicional se dirigió hacia la puerta.
Él le dio unos golpecitos a su reloj. "Nuestro tiempo no se ha
terminado todavía. ¡Falta media hora!"
     Ella frunció el ceño y volvió a su silla, y luego anotó un
recordatorio para sí – dile a los clientes que los horarios previstos son
HASTA una hora.
     Él habló primero. "Tenía que decirte . . . cuando nos conocimos
dijiste que mi deuda kármica se pagaría en mis cuarenta años – que iba
a encontrar la paz y la felicidad. Bueno, tu sabes que voy a cumplir
cuarenta la próxima semana, y cuando me desperté esta mañana,
¡supe que ya había comenzado!"
     "Cuán grande para ti." Ella le echó un vistazo al reloj de su
escritorio.
     "Espero que sepas que no te lo he dicho para que te recordaras de
mi cumpleaños."
     "Oh. Sin embargo, me recordé. ¡Yo nunca me olvidaría de tu
cumpleaños!" Ella alcanzó el cajón del escritorio. "La verdad es que
compré esto especialmente para ti, pero yo estaba esperando a la
próxima semana para enviártelo. Si no te importa que no esté
envuelto, te lo doy ahora."
     "¡No me lo puedo creer! ¡Te recordaste!" Abrió el libro de poesía.
"¡Está autografiado! No esperaba un regalo. No sé qué decir." Con
los brazos extendidos, se inclinó para darle un abrazo, pero ella
empujó su silla hacia atrás alejándose de él.
     "Sólo ten un feliz cumpleaños, y espero que encuentres este texto
tan significativo como yo. Ahora, si me disculpas," dijo, "Estoy
esperando una llamada del extranjero," y lo condujo hacia la puerta.
                                                  #
     Incapaz de contener su impaciencia, abrió el libro tan pronto
como se subió en su coche. SABER. El título perfecto. "¡Ella se
acordó de mi cumpleaños! ¡Esta es la primera vez desde que cumplí
dieciocho años que alguien se recuerda!" Él ojeó las páginas. Allí
estaba, justo en frente de él - un poema titulado 'Compartiendo
Nuestros Secretos.’

               Mío para dar, tuyo para guardar,
               Sólo nosotros dos sabemos.
               Ese lugar especial entre dos almas,
               Dónde sólo nosotros podemos ir.

     Ella leyó este mismo poema. ¡Es por eso que compró el libro
'especialmente' para mí! Esta es mi señal.
     Tan pronto como llegó a casa, se sirvió un trago y luego se quitó la
ropa, un ritual que comenzó hace años. No podía recordar
exactamente cuándo o por qué empezó la costumbre, pero le gustaba
la sensación de desnudez. Él se dejó caer en la cama, levantó su
regalo especial de cumpleaños, y comenzó a leer. Cada poema tenía
un significado diferente para él. Se quedó dormido recordando sus
palabras: "Compré esto especialmente para ti."
                                                  #
     Prendió la televisión a ver el noticiero en cuanto se despertó.
Todavía desnudo, fue a la cocina para poner la comida en el
microondas. Su atención se desvió a algo que el presentador de
noticias informaba. Corrió a la sala y subió el volumen. En la pantalla
había una foto del Domo de Béisbol Tropicana. Un periodista
describía el espeluznante hallazgo cerca del estacionamiento remoto …
"la de un cadáver no identificado. La policía está dando poca
información, salvo para decir que parece ser un homicidio."
     "¡NO ES UN HOMICIDIO, IMBÄ–CIL!," le gritó a la televisión.
"¡LA BALANZA DE LA JUSTICIA!"
     El informe le hizo recordar de la barra de hierro ensangrentada en
el maletero del Toyota. Después de comer, se fue a la cochera para
limpiar la herramienta Kármica y la devolvió a su compartimiento. No
hay nada sospechoso en tener una barra de hierro en un baúl. Lástima que
nadie sabrá nunca el carácter sagrado de esta sencilla herramienta.
Nadie, es decir, excepto Lenny Chambers.